miércoles, 9 de junio de 2010

El viento y yo

Durante mis primeros años en Buenos Aires, muchas veces me preguntaron de donde era, y mis respuestas siempre fueron escuetas: -Del sur.
Ahí es cuando venía el puñal a nuestro orgullo patagónico:
- Ahh, cerca de Lanús? Tengo varios amigos por allá...-Al principio costaba entender que Buenos Aires era tan grande pero tan grande que un barrio podía ser tratado como un lugar tan lejano como una provincia a cientos de kilómetros. Nos parecía inentendible, y por dentro siempre decíamos "estos porteños de mierda se creen el ombligo del mundo".
Pero lo que salía en realidad era un cordial: -No, de la Patagonia, de Santa Cruz.
Y ahora le tocaba al segundo puñal, la estocada final: - Ayyyyy que lindo, seguro que esquiás re bien. -Comentario que tenía razones sociológicas, estábamos en Martínez y San Isidro, un lugar tan chik que no solo muchos saben esquiar desde purretes sino que podías escuchar sobre vacaciones de esquí tanto en Bariloche como en Aspen(y yo me preguntaba eso en donde mierda es??).
Las respuestas podían variar según las ganas de hablar, pero siempre lo primero era el baño de realidad:
- No, nunca esquié en mi vida.
También nos solían decir lo lindo que era la patagonia, y ahí no quedaba otra que hacer un acto de justicia y contarle que sí, que el sur es lindo pero a su manera, que la mayoría de la patagonia no tiene ni bosques ni montañas ni lagos hermosos, sino que es una gran meseta árida, ventosa y no muy apta para débiles de espíritu.

Ya hace rato que no piso la meseta patagónica, pero siempre vuelve algún tipo de recuerdo, especialmente en esos días fríos, desolados y tristes, como hoy, que dan lugar a la nostalgia. En esos días, siento la nostalgia pegada al cuerpo, y tengo la certeza de que la única forma de expulsarla es con un buen baño de viento patagónico. Sentir el rigor en la cara y en el pecho, morder tierra árida levantada en una ráfaga de 100 km/h mientras camino casi de espaldas, peleando con esa masa de aire que casi no nos deja avanzar pero que a cada paso que damos nos hace sentir más fuertes y poderosos. Pero el viento nunca llega, y lo único que vuelven son imágenes, recuerdos de esa niñez que nos hacen decir en Buenos Aires que Caleta no te va a gustar, pero que para mi es linda igual.

Este es sólo un lado de mi relación con ese viento que a veces sopla en este pequeño departamento de Boedo, trayendo recuerdos e historias de una infancia que parece tan lejana como mi patagonia. En este costado el que impone las condiciones, el que manda y determina es el viento; aunque oponga resistencia, siempre sucumbo a su poder y por eso es El viento y Yo. Pero yo contrataco, y ahí ya soy Yo y El viento, pero esa es una historia que contaré otro día.

2 comentarios:

Contradicto de San Telmo dijo...

Patagónico el hombre. Como Contradicto.

Debe ser grosso, debe ser.

Martín dijo...

Así es, de infancia patagónica.
Que grata sorpresa ver uno de los cartoneros por acá!

Saludos